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eran los días de la higuera de navidad. una higuera infinita de múltiples troncos que crecía ilimitada a los cuatro rumbos. llenarla de lucecitas blancas era lo primero. y luego inventar adornos imposibles con materias inesperadas. colgadas de los árboles de las plantas de hilos surcando el aire las figuras de papel aluminio. incansables los chicos y ella hasta que el fondo de la casa se convertía en un territorio mítico inesperado.
y el papá convocado una y otra vez para que en su paciencia redescubra a cada instante el mundo que iban gestando los tres, para regresar nuevamente a amasar sus panes redondos tibios. sus panes enamorados.
eran los días de un amor inextinguible, de vivir en las fronteras de la nada donde habían encontrado todo.
eran los días de mirar de ella. de mirarlos creciendo patitas en el barro fuentón de agua fría sandía chorreante entre las risas.
y jamás regalos comprados y los libros y un perro atorrante todo blanco.
eran los días del tiempo circular cuando ella lo miraba jugar entre los pastos.
silencioso niño transparente corazón de mago niño sin tiempo. alado, alado. y ella se quemaba de verlo y pensaba si alguna vez sabría el niño cuánto lo amaba. cuánto le pelearía a la vida otras setescientas batallas para protegerlo de todo mal de toda sombra. para traerlo una y otra vez de este lado. traerlo al tiempo de las higueras encendidas de las navidades míticas de los pies descalzos.






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